No cabía duda alguna de que Vilem era un hijo de reyes en el exilio, y a la nobleza de su sangre se unía el fatídico destino de un pueblo perdido tal vez para siempre. (…) poseía una mirada sincera, y sus acciones casi siempre eran mesuradas; no solía aventurarse ni lanzarse a la acción de forma despreocupada, pero si lo hacía no se apartaba de su camino hasta alcanzar sus últimas consecuencias.

Sonata de Mekania, novela en construcción
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