Karz estampó el pomo de su arma justo en el centro de aquel rostro redondo y amarillento, cuya nariz chata empezó a sangrar de inmediato. La pequeña criatura se tambaleó hacia atrás, y a duras penas fue el peso de su cuerpo sostenido por sus escuálidas piernas.

El grupo de bandoleros, si podía llamárselos así, daba lástima. Los delgados cuerpos de hinchados vientres andaban siempre encorvados, y su apergaminada piel se estiraba sobre huesos de apariencia frágil. Las cabezas parecían demasiado grandes para el cuerpo que las sostenía, y sus extremidades eran largas y acababan en pequeñas garras, más peligrosas por las enfermedades que pudieran transmitir que por su fuerza o extensión.

Los diaños no cubrían su cuerpo más que con el pelo encrespado que les nacía en la espalda y, por fortuna, en toda la zona pélvica. Tampoco usaban armas, a menos que se contaran las piedras que habían sido lanzadas al inicio de aquella emboscada, aunque con fuerza insuficiente como para causar daño. Uno de ellos, el primero que había avanzado sobre los viajeros, portaba un puñal sujeto a la espalda por un cordel, pero parecía transportarlo más como un símbolo de su principalía que con la intención de servir como instrumento de muerte.

La única ventaja de aquellos seres, cuya cabeza ni siquiera llegaba al nivel de la cintura de Karz, era su número y su sigilo. Habían surgido por sorpresa de los densos matorrales que crecían a la sombra de aquella alameda; siete salieron desde el este del camino, y otros cuatro se habían unido poco después desde el otro lado.

Cualquier guerrero ducho con la espada, entrenado como lo estaban los tres viajeros, no tendría excesivos problemas para deshacerse de un par de aquellas grimosas criaturas; pero Karz, rodeado y casi sin tiempo para extraer su arma, había tardado en rehacerse. Dudó una vez más de su propia habilidad, pues en sus escasos ciclos de vida aún no había tenido ocasión de probar su valía fuera de la liza de entrenamiento.

Nada más golpear al diaño que tenía delante, dio un giro brusco sobre el talón adelantado. No pudo evitar sonreír al notar que su espada, extendida hacia abajo, topaba con un obstáculo, justo un momento antes de que una de las criaturas que había tenido hasta entonces a su espalda saltara hacia atrás. El diaño se echó mano al vientre, donde la oscura sangre se escapaba de su cuerpo. El movimiento de Karz lo había dejado frente a otro diaño, pero este vaciló al ver que su compañero daba un nuevo salto para atravesar un zarzal y huir entre los chopos para salvar la vida.

El mozo utilizó ese pequeño respiro para echar un vistazo a su maestro. Idom también luchaba con tres de aquellos seres, pero ni siquiera había extraído el arma de la vaina que colgaba de su cintura. Se movía con soltura y tranquilidad, como si todavía se encontrase sobre la tarima durante una de sus concurridas clases. Mientras Karz miraba, una de las tres criaturas se abalanzó hacia Idom con un salto largo, pero su maestro se limitó a apartarse con un paso lateral. Cuando el diaño superó su posición, arrastrado por la inercia de su movimiento, Idom pateó con la suela de su sandalia el trasero del lamentable ser, que acabó más allá de la primera línea de matorrales y desapareció de su vista.

Salvo ese breve instante en que atisbó en dirección a su maestro, Karz no había quitado ojo a los dos diaños que aún lo flanqueaban, por lo que se vio sorprendido cuando ambos se retiraron con premura. Lo mismo hicieron los que rodeaban a Idom, sin que allí encontrara una razón obvia para su huida. Solo entonces miró en la dirección del camino que habían dejado atrás, donde Faran, el hijo adoptivo de Idom, había sido asaltado por el resto de los diaños. A sus doce ciclos se sumaba la constitución delgada y fibrosa de un jovencito nervioso con un desarrollo algo tardío, y aquellas cobardes criaturas debían de haber pensado, casi con toda seguridad, que Faran era la presa más débil del trío, por lo que se habían agolpado en mayor número.

Sin embargo, el único resultado de esa estrategia había sido un completo fracaso. Dos diaños yacían en el suelo: uno había sufrido un preciso corte en la garganta, y ya sus ojos vidriosos miraban el cielo sin verlo; el otro aún se retorcía e intentaba huir arrastrándose, aunque una herida le atravesaba el torso de parte a parte, y espumarajos sanguinolentos le caían de los labios. Otros dos corrían hacia la protección de los álamos, aunque el más rápido dejaba tras de sí un reguerillo de sangre y su compañero debía de haber recibido un golpe en el antebrazo, no tan fuerte como para cortárselo, pero sí para romperle los huesos, a juzgar por el ángulo que formaba la extremidad.

El último de los diaños, el líder con el puñal a la espalda, aguantó solo un instante más antes de seguir a sus compinches. Faran echó una mirada a su espalda y, tras comprobar que su padre y Karz no estaban ya en peligro, se lanzó en persecución de la criatura.

–¡Faran, vuelve! –ordenó Idom, pero al ver que el chiquillo no hacía caso dirigiose a Karz–. ¡Galerio, detenlo!

El diaño dio un ágil salto por encima de las zarzas que cerraban su huida, y Faran, que en dos largos pasos habíase situado casi sobre él, intentó alcanzarlo con un golpe de revés. Falló por poco, y quiso la fortuna que el arma quedara enganchada entre las espinosas ramas, lo que dio a Karz tiempo suficiente para llegar hasta él. Ya liberaba el joven su puñal y comenzaba a desbrozar un paso a través del matorral cuando Karz lo sujetó para obligarlo a ir al centro del camino, donde lo esperaba su padre. Le costó un pequeño triunfo, a pesar de que el chiquillo no había alcanzado aún la corpulencia heredada de sus verdaderos progenitores, hijos de las Altas Tierras de Olöt.

Faran tenía el rostro desencajado y las pupilas dilatadas; no respiraba de forma fatigosa, empero, ni parecía darse cuenta de los sangrantes arañazos que había sufrido en los brazos como consecuencia de su combate contra el zarzal. Poco a poco la voz de su padre fue calmándolo, hasta que Karz pudo liberar la presión de sus brazos. Entonces fue como si el cansancio asediara de golpe los miembros de Faran, y un sudor frío perló su frente.

–De todas formas –dijo Karz tras ayudar al chiquillo a sentarse en el suelo del camino–, tendríamos que haber dejado que esquilmara su número.

–¿Crees, Galerio, que debemos usar a mi hijo como un instrumento para limpiar de peligros los caminos de Braer?

–No me parece que él fuera a poner muchos reparos –respondió Karz–, aunque es cierto que más allá, fuera de nuestra vista, el número de estos seres repugnantes podría ser mayor, y tal vez su dominio de la espada no le sirviera en el espeso sotobosque.

–No me preocupa la seguridad de Faran; los cadáveres de esos pobres son muestra suficiente de su superioridad marcial. Pero dime, ¿crees que deberían limpiarse los caminos de diaños u otras criaturas peligrosas para el caminante? Si extendemos un poco esa idea, ¿no llevaría eso a la extinción de su especie?

–Una especie infecta, marcada por la mácula del Innombrable. Nada aportan a nuestra sociedad, y mucho le arrebatan. El Manual de las especies, de Bläskaran, da cuenta en su edición revisada de cómo no han desarrollado una cultura ni han necesitado jamás un lenguaje debido a su tendencia al robo y a la depredación. ¿Acaso no sería una tarea más que digna hacer de estos caminos vías más seguras para las caravanas de mercaderes o las familias de colonos?

–¿Olvidas que fui yo quien os hizo leer a Bläskaran? –preguntó Idom–. Y bien que os advertí que a veces fantasea demasiado. Puestos a inventar, ¿por qué no habla del exterminio al que pudieron someterlos los albos, o la esclavización por parte de ese imperio duergo del pasado que imaginan algunos eruditos? Y lo que ya no es invención es la creciente ocupación de su hábitat llevada a cabo durante los últimos siglos.

–El autor puede estar equivocado, pero la solución al problema es la misma.

–Entonces, según la óptica que aplicas he de entender que eliminar algo malo es bueno. Y en este caso concreto lo malo se define como atacar a inocentes. Por tanto, eliminar a quienes atacan a inocentes es bueno.

–No estamos en clase, maestro.

–Sígueme en esto, hazle el favor a este anciano. No será más que un momento.

–Bien –suspiró Karz–: eliminar a quienes atacan a inocentes es bueno.

–Pero de la misma forma, ¿no sería malo eliminar a quienes atacan a culpables? A un asesino de asesinos, o de atracadores o violadores, hay que dejarlo tranquilo.

Idom estaba mirando en ese momento a su hijo adoptivo, y Karz se preguntó si sus palabras eran una referencia al chaval.

–Claro, maestro –respondió tras soltar un bufido de frustración, ya que había entendido la estratagema de Idom–. Debemos dejar en paz a los diaños por si recorriera este mismo camino alguna lacra de nuestra sociedad.

Al fin, a Idom se le escapó la risilla socarrona que había estado aguantando.

–No te enfurruñes. Solo estaba haciendo tiempo para que Faran reposara –dijo–. Y ahora marchemos. El tiempo está empeorando; mirad aquellas nubes. Aunque en el sur ya ha terminado lo peor de la estación de Carencia, las tormentas también son más intensas conforme uno se aproxima al Mar Dulce.

–Pensaba que teníamos tiempo de sobra para llegar a Mekania –intervino Faran, al tiempo que se incorporaba.

–A Mekania, sí. Pero si allí no logramos nuestro objetivo, deberemos trasladarnos a Antagis, la mayor de las ciudades libres.

Mientras respondía, Idom extrajo media hogaza de pan, y la depositó sobre el cadáver de uno de los diaños. Karz estuvo a punto de recriminarle aquel despropósito, pero no ignoraba que, aunque lo había recubierto con ese humor sin gracia que lo caracterizaba, su maestro poseía un corazón tan grande que en verdad sentía compasión incluso por aquellas grimosas criaturas que un momento antes habían intentado matar a su hijo. En lugar de hablar, se contentó con admirar su ciega generosidad y la ferviente confianza que depositaba en la bondad de las criaturas de Lüreon.

Poco después continuaban su caminata en dirección a Mekania.

–¿No hay en la región alguien del Concilio para ayudarte, maestro? –preguntó Karz, quien todavía no había ingresado en la orden de la Balanza e ignoraba casi todo lo relacionado con su estructura o recursos.

–No, Galerio. Estamos solos. He escrito una nota a los superiores en Derbior, aunque no creo que puedan enviar a nadie. Y en las ciudades alanas no disponemos de fortalezas o propiedades. Si hemos de servir de intermediarios entre Mekania y las tropas del imperio, mal nos vendrán servidas.

–Estoy seguro, maestro, de que tu fama no se ha olvidado en Braer, aunque algunos quieran ver en ti un líder rebelde. ¿Acaso no fuiste quien logró que Ilder y la república Paelia firmaran el Tratado de la Frontera Estrellada?

–No es solo por las revueltas estudiantiles, Galerio. No olvides que para muchos soy Idom el Ateo: un subversor de la tradición braeria, un hereje a quien la Llama Esmeralda debiera purificar.

Karz asintió. Había detectado el humor apocado de su maestro, y tampoco tenía nada que añadir. En parte, sabía que él hablaba con razón, pero esperaba que los oficiales enviados por Braer escucharan las palabras de Idom. La única posibilidad de salir del conflicto sin una inútil pérdida de vidas era la mediación del Concilio de la Balanza, y el único agente disponible parecía ser su maestro. Aún así, Karz no dio su brazo a torcer, al menos en su mente. Sí, las cartas estaban mal servidas, pero esperaba que Idom el Ateo fuera tan buen jugador como anunciaba la fama que había ganado en el pasado.

Mientras caminaba, volvió una vez más la cabeza, como hacía muchas veces ahora que se alejaban más y más de su hogar. Se sorprendió al ver que en el camino solo quedaban las manchas de sangre; no había rastro de la hogaza ni de los cadáveres, y se preguntó si los diaños añadían el canibalismo a la lista de sus prácticas enfermizas y pecaminosas.

Miró de nuevo hacia el frente, dispuesto a olvidar a aquellas criaturas. Más allá del horizonte se situaban tierras desconocidas para él, donde una civilización ajena a la braeria había vivido durante más de un milenio. Muy pronto llegarían a Mekania, la ciudad de los músicos y artistas, y tal vez se vieran obligados a acudir a Antagis la Imbatida. Podría así ver sus monumentales construcciones, que según se decía eran capaces de poner en evidencia a cualquier arquitecto extranjero.

 

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