–Vamos, Galerio, no te retrases. Quiero llegar lo antes posible a la hostería. Tal vez podamos adelantar nuestra partida a esta misma tarde.

Karz rezaba para que no fuera así. El deseo de conocer Antagis se había atemperado después de residir por dos días en la ciudad de los artistas, de los ingenios y las luces.

Mekania no parecía desde la distancia una ciudad que pudiera competir con las grandes metrópolis de Lüreon. No contaba con la gloria histórica de Videços, ni convivían en ella tantas culturas como en Canalburgo; no poseía la monumentalidad de su vecina Antagis, y ni siquiera la ceñía muralla alguna. Para su defensa, los mecanienses confiaban en lo escarpado del promontorio sobre el que, en tiempos remotos, los primeros alanos habían decidido fundar Lôj Megäniya, el Cerro del Pino Negro.

Karz, desde el collado donde había oteado por vez primera la ciudad, sufrió una decepción al contemplar la única rampa de acceso, que ascendía desde los verdes huertos extendidos al pie de la elevación. Vio las grandes casas de piedra, con tejados rojos y pequeñas ventanas en sus gruesas paredes, y advirtió la ausencia de espacios entre ellas lo bastante amplios como para albergar plazas y jardines. No le llegaba alboroto alguno, a pesar de la relativa cercanía, y aunque el camino que conducía a la ciudad no se hallaba desierto, tampoco podían verse las colas de muchas carretas que, en cualquier otra población, esperaban para atravesar las puertas de la ciudad.

«¿Qué puertas?», habíase dicho entonces, y comprendió así que Mekania no pasaba por ser más que un villorrio.

Pero si el aspecto de la población lo había defraudado, conocer a sus gentes, sumergirse en su ambiente, había sido una experiencia muy distinta. Si bien era cierto que en sus calles no se intercambiaba un gran volumen de bienes, esto no significaba que sus negocios estuvieran ociosos. Durante el primer día en la ciudad, mientras ascendían las cuestas que conducían hasta el edificio del Consejo, Karz había descubierto el motivo por el que sus talleres eran reconocidos en buena parte de Lüreon. Y logró entender por qué se decía que los mecanienses construían como si fueran a vivir para siempre, pero vivían como si fueran a morir al día siguiente. En lugar de trabajar desde el alba hasta la anochecida, o incluso más allá, para obtener la mayor cantidad de productos posible, sus artesanos hacían que cada pieza pudiera ser considerada una obra de arte. Las formas en que se soplaba el cristal parecían imposibles, y las tallas, tanto en madera como en piedra, poseían unos detalles tan precisos que en ocasiones hacíase necesario el uso de un cristal de aumento para advertir y disfrutar de su perfección. Y había otras invenciones aún más maravillosas.

Karz jamás podría olvidar, en lo que le restaba de vida, su primer encuentro con un autómata. Avanzaban por la calle de la Cordelera cuando toparon con una aglomeración de gente que les impedía el paso. Sucedía, por lo que habían podido averiguar, que un maestro juguetero estaba a punto de mostrar su última invención. El joven braerio pensaba que tendrían que abrirse paso a codazos o volver atrás, hasta el último cruce, pero su maestro había decidido quedarse a contemplar el espectáculo. «No hay prisa; nadie nos aguarda», había dicho Idom entonces.

En el corto espacio de tiempo en que permanecieron a la espera, Karz habíase dado cuenta de que Faran lo miraba todo con los ojos bien abiertos, con el gesto de quien ve algo por vez primera, pero también de quien desea que nada escape a su mirada. El rapaz observaba las puertas y postigos pintados de vivos colores, miraba con descaro las caras de quienes los rodeaban, y con mucho mayor disimulo y asombro atisbaba la escasa longitud de las faldas, pues muchas mujeres de Mekania llegaban incluso a mostrar la rodilla en público. Pero al final fue Karz quien había abierto los ojos como cuencos.

Una vez el juguetero hubo considerado que la expectación era máxima, había dado paso al espectáculo. Sin previo aviso, se oyó un estallido, como si alguien rompiese un frasco de loza, y un momento después un humo no muy denso, de color rojizo, se elevó desde el local del maestro. De allí surgió, a través de la neblina, el propio juguetero. Iba acompañado de una figura que recordaba a una persona, si las personas hubiesen sido creadas a partir de lienzo y madera, y en su diseño se hubieran dejado de lado muchas articulaciones. Karz, maravillado, vio cómo aquel ingenio bamboleante ascendía los escalones que llevaban a una pequeña tarima, andaba arriba y abajo por ella, sentábase con cierta rigidez y, a una orden de su constructor, tomaba entre sus deformes manos una trompeta para hacer que de ella surgiera un lastimero tremor, un bramido desafinado y metálico que, a pesar de todo, había hecho que la multitud aplaudiera enfebrecida.

Aquel autómata había sido su primera sorpresa en la ciudad de Mekania, pero no sería la única maravilla que vería allí. Porque junto al peñasco del Zorro diversos artistas pintaban al atardecer con una mezcolanza de técnicas y materiales, y durante la mayor parte de Crecimiento, al caer la noche, elegíase al azar una de las estrechas callejas y cubríase con guirnaldas para conformar un techo entre los edificios bajo el cual, quien así lo quisiera, podía unirse a los festejos que se celebraban entonces. Porque bailar, cantar y beber, a cualquier hora y en cualquier lugar, no estaba penado por la ley ni mal visto por la plebe, y la gente no dudaba en agruparse y formar corrillos, o pasear del brazo del amado, fueran cuales fuesen las condiciones de ambos. Porque la sede de la academia musical era el mayor edificio de la ciudad, si se exceptuaba el Consejo, y por las calles de la villa avanzaban en grupo trovadores que, antes de partir hacia cortes lejanas, compartían versos y ritmos. Porque las sesiones del Consejo estaban reguladas por una clepsidra que no solo marcaba las horas, sino también las fases de las diferentes Lunas, y hasta el más necio de los mecanienses aceptaba que los filósofos dirigieran Mekania. Porque esta ciudad libre, bajo su pátina festiva y licenciosa, escondía un fondo cultural e intelectual inmenso, y ni en cien vidas podría alguien agotar todo lo que podía ofrecer.

–¡Galerio! Te digo que no hay tiempo.

Karz dejó de observar las progresiones del dúo de artistas, conformado por un mimo y un equilibrista, que se turnaba para realizar juegos malabares y representar una breve actuación cómica. El joven se apresuró en pos de su maestro, consciente de que el malhumor de este iba en aumento.

El salvador de la plaza Sivania estaba molesto en primer lugar con su pupilo. Y tenía buenas razones. Durante la primera noche de su estancia en Mekania, Karz había salido poco después de la cena en la hostería. Su intención inicial había sido dar una vuelta, reconocer la parte de la ciudad que durante el día había quedado para él inexplorada y tomarle el pulso al ambiente nocturno de Mekania. Pero había conocido a gente muy interesante, con la que podíase mantener una charla distendida acerca de casi cualquier tema a la luz de una hoguera y con un esquifo repleto de vino en la mano. Había conocido a mucha gente a lo largo de la noche, y todos sin excepción habían bebido a la salud de Karz, quien se había visto obligado a responder a la cortesía. Esto provocó que a la mañana siguiente, cuando Idom había tenido que partir temprano en busca de apoyos entre los mecanienses, a Karz no le alcanzara el ánimo ni para levantarse del catre.

Esto, sin embargo, constituía tan solo una preocupación menor en el pensamiento de Idom, cuya misión había fracasado. En su primer día de estancia en Mekania lo único que había conseguido era la promesa de que el Consejo se reuniría de forma extraordinaria en una fecha que quedaba aún en el aire. Habida cuenta del resultado final, esto en realidad podía considerarse todo un éxito. Sus visitas del segundo día, de las que Karz nada sabía, le habían granjeado algunos apoyos. Hombres de ciencia que conocían los estudios de Idom en el campo de la educación social, o cosmopolitas que no olvidaban el esfuerzo que, en aras de la paz, dedicaba al Concilio de la Balanza. Con esta fuerza de nuevos valedores había logrado que la reunión del Consejo se convocara para el día siguiente, aunque su apoyo iba a resultar demasiado voluble.

Llegado el tercer día de su estancia en la ciudad de los ingenios, Idom, Karz y Faran habían acudido de nuevo al edificio del Consejo. Esta vez, no obstante, no estaba presente el polvo del camino, y aunque no habían podido ponerse de gala por falta de recursos, ello no fue óbice para que se lavaran y arreglaran. Faran había sido obligado a llevar, a pesar del calor de aquel día claro, un herreruelo que tapaba los remiendos de su camisa. Karz vestía unas calzas de un tono aclarado de menta y un jubón pardo bien ajustado al cuerpo. Su maestro había sustituido las ropas de viaje por el hábito del Concilio, una prenda amplia de color hueso que tenía bordado, a la altura del hombro derecho, el famoso escudo acuartelado y sin figuras que se había convertido en el emblema de la organización. Idom aparecía magnífico con la espada ceñida al costado y la bien recortada barba, poblada de canas.

A su vez, el edificio del Consejo también debía de haber sido preparado para la ocasión. La plazoleta circular que se extendía a sus pies parecía más luminosa, y no cabía duda de que los escalones que conducían hasta las enormes puertas habían sido fregados a conciencia, lo mismo que los bajorrelieves que conformaban la decoración de los dinteles. Karz se había preguntado si se debía, en efecto, a la reunión del Consejo, o si por ventura solo era una percepción personal, producida por la diferente opinión que, al respecto de la ciudad, había tenido en ambas visitas.

Pero cualquier viso de esperanza que el aspecto del edificio pudiera haber proporcionado se diluyó pronto ante la frialdad con la que el trío fue recibido por el Consejo de Mekania. A Idom se le dejó hablar lo justo para exponer la razón de su presencia allí, y cuando insistió en que convenía que los mecanienses comenzaran a prepararse para el inminente ataque de Braer, algunos de los once miembros que ocupaban los sitiales del Consejo se preocuparon más por las razones que llevaban a un braerio a traicionar a su patria, y si podía confiarse en alguien cuya ausencia de piedad religiosa había sido tan probada como para ganar el epíteto de Ateo. Idom se defendió de aquellas acusaciones, expuso la preocupación del Concilio de la Balanza y explicó los desinteresados motivos que le llevaban allí, para a continuación minimizar su importancia ante la amenaza que se cernía sobre la ciudad de las luces. Hubo quien insistió en que todo podía ser un cuento pergeñado por el Concilio de la Balanza para obtener alguna ventaja en las tierras alanas, o bien por el propio Idom como venganza contra quienes lo habían expulsado de su cómodo puesto de maestro.

Al final, en la decisión del Consejo habían tenido más peso los negocios particulares de sus miembros y su renuencia a realizar el gasto económico necesario para armar a la población o contratar mercenarios, y tras una votación de resultado ajustado se había decidido ignorar los consejos de Idom.

Su maestro, al conocer el fracaso de la misión, había decidido marchar lo antes posible a Antagis para continuar con sus esfuerzos. Según había dicho, los maestros constructores que estaban a cargo del gobierno de aquella ciudad poseían una naturaleza más pragmática que la mayoría de mecanienses. Por ventura, podría hacer que reuniesen tropas, habida cuenta de que los antaguisíes se consideraban adalides de la libertad de todas las ciudades alanas.

Idom dirigíase a toda prisa hacia la hostería con la intención de que pudieran recoger sus cosas y comprobar si partía algún carruaje que los transportara a Antagis con diligencia. Avanzaba entre la gente a grandes pasos, y su hijo adoptivo lo seguía como una sombra. Karz, sin embargo, no veía la necesidad de correr, pues las legiones imperiales aún se encontrarían a buena distancia. Mas con el tiempo llegó a comprender que las prisas de su maestro tenían menos que ver con las legiones que con su propia vergüenza. Idom podía considerar la actitud del Consejo como una afrenta personal. La impotencia que debía de sentir se hallaría detrás de esa energía que le hacía zigzaguear casi a saltos entre los habitantes de Mekania que caminaban por aquellas estrechas calles. Y no eran pocos, pues a esa hora regresaban ya de los campos quienes, con la llegada del calor, disponían de más tiempo de ocio. Karz deseó poder detenerse y plantar cara al sentimiento de Idom; comunicarle que seguía depositando su confianza en él, y abrazarlo para transmitirle un poco de seguridad. Pero temía la reacción que pudiera encontrar en su maestro; no podría afrontar el rechazo de quien se había convertido en una parte de su vida, aunque esa persona ignorara por completo sus sentimientos, y por supuesto no los compartiera. Así que siguió el rápido caminar de Idom, sin pronunciar ni siquiera una palabra de ánimo.

A mitad de camino desde el edificio del Consejo, y mientras avanzaban por una de las largas calles que seguían el relieve del promontorio, vieron que un hombre usaba un barril a modo de tarima y se elevaba sobre las cabezas de los demás ciudadanos. Desde allí comenzó a llamar la atención de la gente.

–¡Oíd, mecanienses! Escuchad mis palabras, a menos que deseéis que la serpiente que ha venido a amenazar la paz de nuestra ciudad os muerda, inadvertida, los tobillos. Con la intención de envenenar nuestros corazones y tejer una red de mentiras esa araña infecta se ha reunido con los miembros del Consejo. Pero no sabía del buen hacer de nuestros filósofos, y su estratagema no ha dado resultado. Ahí tenéis a esa serpiente, a esa araña que corre ahora a esconderse…

Hablaba en alano, por lo que Karz debía hacer un buen esfuerzo para entenderlo, máxime debido a que el sacerdote usaba un dialecto bastante rústico, plagado de arcaísmos y giros extraños a la lengua del comercio. Mientras hablaba, con su dedo regordete de larga uña apuntaba, como Karz ya había temido, a su maestro. Aquel hombre tenía todas las trazas de ser un sacerdote. Vestía una túnica negra con un ribete dorado, y al cuello portaba una estola roja con la figura estilizada de un pino bordada en cada extremo. El pelo entrecano lucía aceitado, y la barba bien recortada.

Karz observó que Faran apretaba los puños y se detenía, así que dio un paso largo para empujarlo con suavidad en pos de Idom. Si conocía algo a aquel chiquillo, en aquel momento estaría pensando en abalanzarse sobre el orador y vengarse de aquellas palabras tan ofensivas dirigidas a su padre adoptivo.

Este, por su parte, era más consciente del peligro que les rodeaba, y con un movimiento de cabeza les indicó la proximidad de un callejón lateral por donde podrían alejarse del orador. Pero el sacerdote no pensaba soltar la presa, y continuó con su perorata:

–Mirad cómo huye ante nuestra mirada, el cobarde. El Ateo, lo llaman, porque ni los dioses quieren acogerlo bajo su bondad protectora. ¿Acaso nuestra ciudad se ha convertido en refugio de impíos? ¿No los prenderemos, a él y a los que le acompañan, para juzgarlos según las leyes que imperan en Mekania? ¿No creéis que deben ser expulsados de nuestras fronteras para prohibirles regresar bajo pena de muerte?

El sacerdote siguió jaleando a la multitud, enervando los ánimos de quienes, sin saber nada del tema, podían convertirse en las armas de ejecución de un verdugo injusto y descarado. Pero Karz dejó de prestarle atención y puso todos sus sentidos en su intento de llegar al callejón, que tan solo se encontraba a una decena de varas. Junto a sus dos compañeros, se vio obligado a empujar a algunos ciudadanos que, en busca de una explicación, trataban de cerrarles el paso. Pero esto solo sirvió para dar alas a las palabras del sacerdote, y entonces comenzaron a llegarles golpes y tirones desde todos los ángulos al mismo tiempo. Así y todo, lograron alcanzar la relativa seguridad de la callejuela, y a trompicones echaron a correr.

Algunos de los más osados entre la muchedumbre comenzaron a perseguirlos, mas para cuando el trío alcanzó el barrio superior de la ciudad había conseguido una ligera ventaja sobre los perseguidores. Idom los condujo con rapidez hacia el templo de Mekägraon, donde se guardaba el tesoro de la ciudad, y allí pudieron recuperar el aliento.

La capa corta con la que habían vestido a Faran había desaparecido durante la brega, y mostraba arañazos en el dorso de sus manos. Karz sentía dolor en un tobillo, donde le había alcanzado la coz de una de aquellas bestias humanas, y su jubón estaba hecho jirones. Su maestro, por fortuna, solo estaba algo despeinado.

El edificio cabe el que descansaban era una especie de capilla extendida: una nave larga con un tejado a dos aguas, precedida por un jardín bien cuidado cuyo elemento central era un majestuoso pino alano. La capilla hubiera parecido un edificio más de Mekania, si no fuera por la multitud de estrechas ventanas que se abrían a sus flancos y la profusa decoración de la fachada, repleta de bajorrelieves y estatuas realizadas en mármol negro.

–Esa turba respetará el recinto sagrado, al menos de momento –comentó Idom, esperanzado, cuando alcanzaron el jardín–. Aquí estaremos a salvo, aunque debemos olvidarnos de partir hoy hacia Antagis.

–Yo sigo sin encontrarme a salvo –repuso Karz, mientras señalaba el pórtico principal del templo–. Si hemos de guiarnos por los símbolos del Pino Negro, quien ha azuzado a esas gentes era miembro de este mismo clero.

–Tienes buenas razones para pensar así, Galerio, pero mi opinión es que ese sacerdote no es un buen ejemplo de lo que puede encontrarse entre las filas del clero de Mekägraon. No olvides que el Imperio cuenta con apoyos fuera de sus fronteras. Y estos braerófilos son personas de cualquier condición; campesinos, artesanos y también clérigos, si ignoran que bajo el yugo del Emperador Patriarca solo se permitirá el culto a Antim.

–También pueden haberle pagado para serlo –agregó Faran, y tanto Karz como su maestro lo miraron estupefactos, sorprendidos de que a su corta edad fuese tan consciente de las bajezas humanas.

–Es una posibilidad –confirmó Idom–, y no sería mala idea solicitar que ese clérigo fuese investigado. Aunque no creo que a estas alturas obtengamos nada favorable del Consejo mecaniense. Nuestras esperanzas siguen puestas en alcanzar Antagis lo más pronto posible.

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