< Enlace a la segunda parte

 

Karz echó una manta sobre el joven Faran y, tras retirar de sus manos el volumen que había estado leyendo, apagó el candil de un soplido. De camino a la mesa, el braerio leyó en silencio el título que aparecía en la anteportada de aquella encuadernación sin cubiertas: Reliquias arcanas y maravillas sacras de Aorista, con una descripción pormenorizada de las leyendas que en la Antigüedad se asociaba a estos objetos, acompañadas de ilustraciones a cargo del autor. La lengua oretana seguía pareciéndole demasiado artificiosa, aunque empezaba a acostumbrarse a las resonancias de las largas palabras.

Idom había encontrado el códice en la biblioteca anexa al edificio del Consejo de Mekania, donde ahora residían los tres, y solicitó tomarlo en préstamo al secretario a cargo de la misma. Para sorpresa de Karz, el hijo adoptivo de su maestro había encontrado solaz en su lectura. Faran, en sus largos ratos libres, pasaba despacio las grandes páginas, absorbía todos los detalles de las representaciones y se tomaba su tiempo en leer unas descripciones que a todas luces habíanse concebido como material de consulta, y no con el fin de entretener a jovencitos.

Karz dejó el libro sobre la mesa, donde Idom leía a la luz de un velón. El joven braerio tomó su pelliza y se la echó sobre los hombros, y con la excusa que le daba el gélido cuarto apoyó su espalda en el costado de Idom. Este ni siquiera apartó la vista del conjunto de vitelas que estudiaba. En la superficie de las curtidas pieles aparecían unos garabatos extraños a sus ojos, como símbolos arcanos dispuestos en una suerte de renglones verticales, acompañados de un texto escrito en el alfabeto braerio.

–No sabía que también dominabas la lengua de Zalisdonia, maestro.

–Oh, al contrario; no la domino en absoluto. Este es mi primer contacto con el zalí. He transportado estas pieles durante leguas incontables, en espera de una ocasión para echarles un ojo, y creo que por fin ha llegado, ahora que las gentes de Mekania son conscientes del peligro que se cierne sobre su ciudad, y sus líderes se aprestan para la guerra y hacen acopio de provisiones.

–Mérito tuyo, sin duda.

–En absoluto, Galerio. La Providencia ha querido que nuestro esfuerzo, como el de las personas que nos ayudaron, se vea recompensado.

–Eres demasiado modesto –insistió Karz, aunque Idom ya volvía a concentrarse en la lectura y no pareció oírlo. Sin embargo, Karz sentía el deseo de hablar con él y recordar aquellos días en que su maestro aún daba clases–. ¿Y qué hay de esas vitelas? Si es un texto bilingüe, no sabía que existiera nada parecido para el zalí…

–La segunda parte contiene, en efecto, un texto bilingüe. Se trata de un largo poema sobre las líneas dinásticas de Zalisdonia llamado Cantar de los Trescientos Reyes, aunque la elección del número me parece algo arbitraria. La narración, si puede llamarse así, comienza antes incluso de la creación de dicho imperio, con versos escritos en zalano, que es el nombre que se le ha dado a la lengua de la cual deriva el zalí actual. Como ves –explicó el antiguo profesor, mientras su dedo índice pasaba sobre el escrito–, esto es el mismo texto traducido al braerio, y esta columna central contiene la trascripción fonética de los mismos versos, escrita con nuestro alfabeto.

Con torpeza y un inconsciente movimiento de los labios, Karz leyó las primeras líneas en zalano, junto con la traslación de aquellas extrañas palabras a la lengua de sus progenitores:

Mâjanizêl, akalân righessena, pukâm Ayanêbh,

Nuanaizïssa’na phârula, impânuba azûnorad’na

imämana rêbazidhabha ul·luze, pässeni’na ëlusseg

ina pässeni duzurbidhei ter dôkaz Ëgane

maçêr ssânighatize Phanaikeli eli ssijal ayani.

Mâjanizêl, akalân Ayanêbh, rânora ultu donalaçain

ter pässeni duzurbidhei, runüz phâmoluz ïkali’na.

Manisiel, hijo prohibido, semilla del dios;

en Misterio concebido, alumbrado en secreto,

entregado al sueño de las aguas, a los jardines llegó,

a los jardines reales de la ciudad de Akan,

donde se adora a las Lunas sobre los demás dioses.

Manisiel, hijo del dios, acogido por el guarda

de los jardines reales, el amo de las llaves en palacio.

Sab ssaid akalânubha dakaila ssagareg Dughalakanain

duzurbidha Ëgane, maçêr ssânighatize Phanaikeli,

dotizenaman Mîrinaz, ukez lalûssaleg Ubajêl ina pôghala

dazanaridha ibrî nitessûnar Vëretâre.

Nônel rizûnâ Eraloghonâ aji menân Mîdabhonare

bibain âssaeg phusla ssaid ibaghokê, ugâ umazi dakaileg

milazisud’na Mâjanizêl, ukëzubha ssagareg sab ssaid akalân.

Como a un hijo perdido lo crió Tugalkan,

el rey de Akan, donde se adora a las Lunas,

el vencedor de Mirna, el que tomó Upasiël en la bahía,

el conquistador de los albos del bosque de Biritua.

Entre el lago Aralone y el enclave de Mïtabon

él había forjado un imperio, pero todo lo perdió

a manos de Manisiel, a quien crió como a un hijo.

Bon tâmussûz ssa isseg böneku akalân tussudhilêbh,

rilssäridha bi aji lanëssenum nisserei; nissereî nitälana

bi aji mekunum ibri; ibrî nitessûnar Vëretâre.

Sab ssaid dinabanidha baeg igira Dughalakan, duzurbidha dâdhene

aji Mâjanizêl lalûssaleg Mîrinaz, aji ëlusseg Udura aji onuz assêre.

Ina pêdhaz phureg ba akalân, aji ba äghalab ijeg tussudhila,

maçêr ssânighatize phanaikeli eli ssijal ayani.

Sus ejércitos los hizo suyos el hijo de la sacerdotisa,

aliado con las lanzas norteñas, los norteños de Zalan,

y con los arcos albos, los albos del bosque de Biritua.

Como un criminal fue atado Tugalkan, el rey en el poste,

y Manisiel tomó Mirna, y llegó a Utür y al mar del sur.

Al trono asoció a su hijo, y su hija fue sacerdotisa,

donde se adora a las Lunas sobre los demás dioses.

–Podría ser muy útil para quien quisiera aprender la lengua –dijo Karz al terminar–, aunque yo hubiera elegido un texto más interesante. ¿Cómo llegó a tus manos, maestro?

–Estas vitelas son obra de un viejo amigo –explicó Idom–. Antes de partir de Videços me pidió que les echara un ojo, que revisara el texto y el estilo de las notas que lo acompañan. Hay un breve repaso gramatical, y quiere que le ayude a que adquiera cierto aire académico.

–Deduzco que ese amigo es más viajero que hombre de letras.

Idom sonrió y asintió con la cabeza.

–Kalises podría ser definido, al menos en su juventud, como un viajero incansable. Fue miembro de la Liga de Exploradores, y bajo el amparo de dicha organización estuvo un tiempo en la región oriental de Lüreon. Visitó las llamadas Tierras Salvajes, y ocupó un puesto en la ciudad de Mägero, antes de que por un extraño escándalo se prohibieran allí las operaciones de la Liga.

El maestro tal vez hubiera seguido hablando de su amigo, pero lo interrumpió un murmullo angustioso de Faran, que se revolvía entre las sábanas. Idom, con el torso girado y apoyado de costado en el respaldo de la silla, lo observó hasta que su ensueño pareció calmarse. Karz apoyó el codo sobre la mesa, y el mentón en la palma, y tuvo que reconocer que se sentía un poco celoso por aquella atención.

–Maestro, ¿qué le sucede a Faran?

–¿A qué te refieres?

Karz meditó un momento antes de pronunciar sus siguientes palabras. No quería herir a Idom, pero su hijo tenía algo de insano. Ya en Videços era considerado un crío con ciertas rarezas, pero la diferencia de edad había hecho que Karz no le prestara atención. Sin embargo, desde la llegada a Mekania había compartido habitación con él, mientras Idom disfrutaba de la intimidad de un cuarto más pequeño. Conforme pasaban las jornadas, Karz se había dado cuenta del complejo cuadro que conformaba la mente del rapaz.

Por un lado estaba el preadolescente amable y retraído, cabizbajo casi siempre, muy alegre en momentos puntuales, y con un deje culto que solo se explicaba por la acción educativa de su padre. Pero bajo esa personalidad ocultábase otra, indómita y salvaje, incontenible incluso para él mismo, que salía a la luz en estallidos de violencia y solía expresarse mediante chillidos o golpes. Karz había aprendido a detectar estos súbitos prontos merced al brillo de locura que asomaba a los jóvenes ojos, y por lo habitual le daba tiempo a salir de la habitación o al menos a alejarse lo necesario para esquivar la pequeña espiral de destrucción. Por fortuna, este estado alterado no surgía en demasiadas ocasiones, ni duraba mucho tiempo.

Karz respiró hondo con el fin de hacer acopio de valor antes de responder a su maestro:

–A su imprudencia, a sus ataques de furia, a su permanente rabia contenida. ¿Te acuerdas de lo que me costó retenerlo cuando los diaños nos atacaron en el camino desde Videços? ¿Recuerdas que parecía enfermo?

Idom, por toda contestación, sonrió y afirmó con la cabeza, como si diera la razón a Karz al tiempo que pensaba en otra cosa.

–Es más complicado de lo que crees, Galerio, y no es el primer caso. Cuando los primeros landerios se encontraron con los habitantes de las Altas Tierras de Olöt, cuando lucharon a su lado contra una amenaza común, descubrieron que algunos de ellos acudían al campo de batalla sin ropas ni armadura, con la única protección de una fiereza enfermiza que los llevaba en ocasiones incluso a atacar a sus propias tropas. Los llamaron birûrkenbük, un término derivado de la expresión oretana bilos ürkenar buk, que quiere decir desnudo con aliento de lobo.

–¿Y crees que, por su sangre olotana, ha heredado los rasgos descritos en esa leyenda?

–No es que lo crea; lo sé de buena tinta. Jamás he contado a nadie cómo Faran llegó a ser mi hijo –explicó Idom con la mirada perdida en algún punto de la pared del oscuro cuarto; Karz no osó interrumpirle, pues no deseaba que el relato quedara truncado–. Hace seis ciclos me enviaron durante un par de ochanas a Balarios, una de las poblaciones fundadas en el territorio que una vez fue Lander, con el objetivo de crear el plan de estudios de su nueva universidad, que hoy es puntera en el estudio de la óptica.

»Una de las últimas noches, después de dar un paseo en solitario, encontré abierta la puerta de la pequeña casa que me habían cedido. Mi precaución al penetrar en ella fue máxima, pues esa misma tarde había pasado por la población una de esas odiosas cadenas de esclavos, y pensé que uno de ellos podría haberse escapado y haber buscado refugio allí. ¿Cómo hacerle entender a un fugitivo, asustado y peligroso, que por casualidad había dado con alguien en completa oposición al sistema esclavista?

»Busqué por la pequeña casa, sin encontrar nada, y cuando ya me había tranquilizado e intentaba justificar el hecho de que la puerta se hallara abierta, cuál fue mi sorpresa cuando, en efecto, un fugitivo me atacó por la espalda. Solo gracias a mis reflejos pude esquivar su acometida, y solo por su tamaño se libró él de mi contraataque; pues al darme la vuelta pude ver que mi agresor debía de ser un cábiro, por su estatura. Mas, al saltar a un lado para dar un nuevo golpe con la suerte de gancho carnicero que portaba en su diestra, fue alumbrado por la luz de las Lunas que entraba por una de las ventanas, y así tuve mi primera impresión de Faran: un chiquillo delgaducho, pálido y ojeroso bajo los lamparones de sangre que lo cubrían de pies a cabeza, y con un brillo de locura en esos ojos tornasolados. Le arrebaté el gancho en su siguiente ataque, y luego hice que diera con sus huesos en el suelo; trató de huir, pero le corté el paso, y al fin pareció calmarse, justo antes de estallar en lágrimas como hubiera podido hacer cualquier otro criajo que no alcanzara ni los seis ciclos de edad. De alguna manera, pude hacer que confiara en mí, y pronto estaba devorando lo que hubiera sido mi desayuno. Entendí que su nombre era Miska, pero dado que en oretano eso significaba gris, y también neblina o llovizna, nunca he sabido si era su nombre real o solo un mote familiar. Mi landerio era por entonces bastante mejorable, y poco más pude sacarle al rapaz.

»Descubriría al día siguiente que la sangre que había cubierto sus ropas y su rostro procedía de algunos de los guardias que transportaban a los esclavos. Dos habían perdido la vida y dos más quedaron malheridos en la «huida de un peligroso criminal de guerra, un demente sanguinario», según pudo leerse días después en el Noticiario imperial. Pero antes de eso tuve que usar mi labia y mi cargo para esconderlo de los registros que se llevaron a cabo en Balarios, transportarlo en secreto a Videços y luego realizar los trámites para adoptarlo como si fuera un esclavo comprado por mí para tal fin.

»Mucho me costó criarlo, porque mi propio pequeño no tuvo la oportunidad de llegar a esa edad. Al principio había pensado que el chiquillo aprovechó la fuga del preso «sanguinario» para escapar él mismo, y que la sangre que lo manchaba había sido el resultado de encontrarse demasiado próximo a la refriega de ese otro esclavo. Mas pasadas unas ochanas empezó a mostrar esos síntomas que hace poco has descrito, y en ocasiones parecía poco más que una fiera enjaulada. Entonces me di cuenta de que él era quien había atacado a los guardias. Dado que no se estaba adaptando nada bien a su nueva vida, consulté con un amigo en quien confiaba, y tras una visita me aconsejó que buscara la forma de reconducir su rabia. Ese fue el motivo de que comenzara a dar clases de esgrima y lucha, y así llegó a lograr la técnica que hoy posee. Deduzco ahora que la falta de entrenamiento está causando que su trastorno regrese, y con mayor fuerza.

Idom calló entonces, y Karz se preguntó si la intención de su maestro había sido acabar su relato con aquella petición.

–Yo no puedo entrenar con él –dijo, apesadumbrado por no poder ayudarle cuando lo necesitaba.

–Pues yo no tengo tiempo. Por ventura, podré contratar a alguien que se ocupe de ello.

–Maestro, ¿has entrenado en los últimos meses con Faran? ¿Lo has visto combatir, al menos?

–No. No en bastante tiempo. Dejé esa responsabilidad a cargo de Oliobio, que para eso le pagaba. Y supongo que también consideré que vosotros, los chicos mayores, lo incorporaríais con el tiempo a vuestras prácticas.

–Oliobio tal vez aún tiene algunas cosas que enseñarle, pero hace tiempo que Faran nos superó a todos los demás. Algunas ochanas antes de partir en este viaje nos enfrentamos tres contra él, después de una clase.

–¿Tres? –preguntó Idom– ¿Todos mayores que él?

–Adrönika, Elenios el Rojo y yo mismo. Ninguno nos consideramos torpes con un arma en la mano, pero si no hubieran sido espadas embotadas, no estaría hoy aquí. A Adrönika la desarmó con un molinete y la dejó inconsciente de una patada, y yo caí por tres golpes dados en rápida sucesión; el Rojo aguantó solo un poco más, pero salió peor parado.

–Entonces aquel brazo roto…

–Fue Faran. Y el combate no duró más que unos momentos. Es peligroso, maestro…

–No lo es, si averiguamos cómo controlarlo.

–¿Y qué hay entonces de aquel sacerdote? ¿Enviaste tú a Faran?

–¿De qué estás hablando ahora, Galerio?

–El sacerdote de Mekägraon al que los braerios tenían a sueldo… ¿Enviaste a Faran para que lo matara?

–¡No! –chilló Idom, y luego, consciente de que su hijo dormía a su espalda, bajó la voz–. Por supuesto que no hice tal cosa. ¿Olvidas con quién hablas? En primer lugar, Faran pasó la noche con nosotros, en el templo…

–Pudo escapar cuando le tocó el turno de guardia, justo antes del amanecer.

–No lo creo; tengo el sueño muy ligero, ahora que estoy más cerca de ser un anciano. Y los guardias que acudieron a la vivienda del sacerdote dijeron que no sabían el número de asaltantes, pero parecía claro que fueron al menos tres.

–Como tú mismo has reconocido, maestro, hace mucho que no entrenas con Faran. Es capaz de moverse como un maldito rayo.

–Ya basta, Galerio. Faran no fue, y punto.

–Sea –dijo Karz, aunque en realidad decidió insistir–. Pero también has sido tú quien ha dicho que su mal parece más fuerte.

–Eso no significa, sin embargo, que no sea capaz de controlarlo, si se le enseña. Otros ya lo han hecho, y poseían una mayor responsabilidad.

–¿A qué te refieres, maestro?

–Te he contado que hace seis años solo averigüé el apodo de Faran, o su antiguo nombre, pero eso no significa que no haya averiguado más cosas después. Detalles que me hicieron darle un nuevo nombre.

Faran –pronunció Karz–. Pensé una vez en ello, cuando me topé con la palabra pharan en un texto en berón que debía traducir. Creí que era una coincidencia.

–No es coincidencia, Galerio. Pharan en el antiguo braerio quiere decir primero, pero era usado de forma común para referirse al primogénito real. Se lo puse a mi hijo para ocultar el nombre que tenía, y porque eso es lo que es.

Karz recapacitó un momento sobre las implicaciones de lo que su maestro acababa de revelarle. La sangre olotana de Faran era obvia para todos aquellos que observaran el brillo cobrizo de su pelo castaño y lacio, los ojos claros de tonos cambiantes, la cara ancha y un cuerpo vigoroso y de gran envergadura, aún en desarrollo. Las Altas Tierras de Olöt habían caído, como Lander lo hizo antes y Kalmat lo haría después, bajo dominio imperial, pero antes de ello hubo una cruenta guerra. La Corte de Olöt, con su rey al frente, jamás aceptó las condiciones braerias, y cuando el polvo de la guerra se secó y la tierra absorbió toda la sangre, ninguno de sus dirigentes se encontraba con vida.

–Cuentan que en la batalla por la escarpadura de Olöt, el rey Andraste combatió con el valor de diez hombres y la fiereza de cien, que sobre la nieve corría de un lado a otro con la velocidad del lobo, y que las decenas de heridas que sufrió no parecían hacerle efecto. La leyenda dice que su cuerpo nunca fue encontrado, y que aún vaga por el borde de la escarpadura, en busca de quienes perturben su nación.

–Eso último tal vez no sea más que el producto de la imaginación del vulgo –intervino Idom–, pero estoy convencido de que Andraste Ïmolok, que fue en vida conocido como Enzo, sufría también la maldición del birûrkenbük. Y de él la heredó su hijo, que duerme ahí al lado como un bendito.

–¿Sabe él la verdad?

–Hasta donde yo mismo la conozco. Nunca he sido insincero con él. Y no creas que, aunque él nada te haya dicho, no sueña con recuperar las Altas Tierras. Está en esa dulce edad en que los deseos vitales aún se encuentran al alcance de la mano, y las convicciones y vocaciones no han tenido que lidiar con el hambre y el dolor. Sueña, te digo, con un mundo en el cual la espada sola puede hacerlo rey de Olöt; un mundo de caballerías en el que toparse con el heredero perdido de Lander y luchar a su lado contra la dominación imperial no es más que el devenir lógico de los acontecimientos.

–Vanos sueños, me temo –murmuró Karz, y tras sus palabras el silencio se adueñó del pequeño cuarto.

 

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