A los pies del promontorio sobre el que se alzaba la ciudad de los artistas, solo unas varas un poco más allá de la rampa de tierra apisonada que constituía su único acceso, los imperiales habían levantado la carpa donde tendrían lugar las negociaciones. Se trataba de un enorme pabellón de lona roja, con el emblema de Antim, la corona imperial y los símbolos del ejército legionario repartidos en una cenefa que colgaba de su parte alta. Idom se lamentó por ello:

–Si solo nos hubieran dejado tomar más fuerza en Antagis…

–¿Cómo dices, maestro?

–Antagis… El Concilio… Déjalo; no importa ya.

–¡Ah! ¿Te refieres a que los gobernantes de Antagis no permitieron que los Conciliares establecieran una sede en su metrópolis? Ya hemos hablado de ello. Y sigo pensando que, si tienes en cuenta tus éxitos, confiarás más en tus capacidades, maestro.

–Con esas palabras, pareces tú el maestro. Y tal vez estés en lo cierto, pero en esos éxitos de los que hablas nunca tuve que lidiar con nuestros compatriotas. De todas formas, ahora no hablaba en concreto de mi presencia, de mi sustitución por algún otro conciliar. Me refería a esa desfachatez de carpa, que parece dispuesta por un vencedor para tratar las condiciones de la rendición. Una sede cercana nos hubiera permitido disponer de más recursos, y esta reunión se llevaría a cabo en un terreno neutral; neutral de verdad, me refiero, no lo que el mando de una legión invasora considera neutral.

–Al menos –intervino Faran–, han tenido la decencia de incluir la bandera del Concilio que les proporcionamos. Es un buen augurio.

En efecto, una vieja bandera blanca, con una balanza de sable como única figura, ondeaba en lo alto de un mástil situado frente a la puerta. Los representantes de Mekania habían traído sus propios estandartes, que clavaron al pie de la rampa poco después de trepar por la improvisada barricada que cerraba el acceso a la ciudad. Ahora esperaban, como Idom, Karz y Faran, a que sus homólogos braerios se dignasen aparecer.

La Undécima Legión había llegado dos días antes a las inmediaciones de Mekania. Despacio, de forma metódica y profesional, los soldados braerios tomaron control de la zona. Cerraron los caminos y establecieron dos pequeños campamentos en la parte meridional del cerro, lo que impedía que cualquiera lo bastante osado como para enfrentarse al rocoso descenso pudiera escapar de ellos. Lo que vendría a ser la parte delantera de la villa, la zona de minúsculos huertos que se extendía por el norte, había sido ocupada por el campamento principal de las tropas imperiales. La empalizada que señalaba su límite había sido plantada solo a unas trescientas varas desde la pendiente, y alcanzaba hasta la cima del pequeño monte desde el que Karz viera por primera vez la ciudad de los ingenios. Allí había situado el legado su carpa, y a su alrededor se habían talado decenas de árboles para albergar las tiendas de los consejeros y custodios que acompañaban a la Undécima.

Por su parte, los mecanienses nada habían hecho para frenar los preparativos braerios. Pero sí hicieron los suyos propios. En primer lugar, el Consejo de Mekania preparó una serie de barracones para la llegada de los refugiados, y se colocaron toldos en las plazas para ubicar a aquellos que ya no cabían bajo techo. Esta medida fue la que obligó a que Idom y compañía pasaran a unas habitaciones del propio edificio del Consejo, pues la hospedería que hasta entonces los había albergado fue uno de los primeros lugares elegidos para este menester. Los filósofos que gobernaban Mekania ordenaron que se hiciera acopio de provisiones y que se prepararan las armas defensivas usuales en estas situaciones, y como entonces se dieron cuenta de lo poco que sabían de la guerra, ofrecieron a Idom el mando de la falange, cuyos soldados ya habían sido llamados a filas.

El maestro Idom, aunque conocía aquella vieja máxima oretana que resalta la conveniencia de prepararse para la guerra si uno desea la paz, se había negado en rotundo a ayudar a los mecanienses, más allá de ofrecerse como mediador entre ellos y el Imperio de Braer, y de asegurarse de que en caso de enfrentamiento, la villa de los artistas estuviese bien preparada. Afirmó que, como miembro del Concilio de la Balanza, no podía tomar partido por ninguno de los bandos, y aseguró que en la igualdad de los adversarios se encuentra la clave del entendimiento mutuo. De cualquier forma, los líderes mecanienses buscaban consejos más prácticos, y en estos Idom no dejó de resultar una ayuda fundamental para la defensa de la villa.

Karz había advertido entonces lo pronto que muda la opinión de las personas, más aún cuando estas someten su voluntad a la de un grupo. Al llegar a Mekania, su maestro había sido considerado sospechoso por el simple hecho de ser braerio, como si el lugar donde uno nace ejerciera influencia para obligarle a aceptar las decisiones de quien allí gobernase. El joven sabía a ciencia cierta que la tierra, como la familia, nada tenían que decir cuando una persona toma en consideración la ética y la moral de sus vecinos y de su misma nación. Por fortuna, los mecanienses cambiaron de opinión tras la muerte de aquel sacerdote, y quien fuera visto como un enemigo había pasado a gozar de respeto y popularidad.

Y ahora esa misma persona iba a enfrentarse, como mediador, contra quienes, braerios como él, lo acusarían de traidor a la patria. Maldito destino, el de aquel ciudadano del mundo.

Ya se acercaban, precedidos por el emblema del legado, los representantes del ejército imperial. Sonaron un par de clarines, pero en aquel mediodía húmedo su canto resultó ominoso, pues recordaba el aviso que resuena en la plaza cuando está a punto de producirse una ejecución.

Idom, que hasta entonces había estado tenso, nervioso, suspiró y relajó los hombros.

–¿Buenas noticias, maestro? ¿Conoces a alguno de ellos, y resulta que es un amigo?

–El legado es Tarasio Karaum. Nos conocemos bien, él y yo; mas si alguna vez fuimos amigos, ese tiempo ya se ha olvidado.

Karz observó al líder braerio que su maestro señalaba. El rostro chupado y rasurado a conciencia, salvo en las largas patillas que llevaba al modo que se veía ya solo en los retratos antiguos; el pelo gris, solo un poco más largo de lo permitido a los soldados rasos, pero no lo suficiente para ocultarle las orejas de soplillo; el mentón fino y la nariz esbelta, acabada en una punta algo más ancha y con tendencia a enrojecerse; el cuerpo alto, delgado, de talle fino pero ancho de hombros; y el paso largo, decidido, de quien se cree dueño y señor del suelo que pisa. Todo en él daba a entender que había llegado a Mekania con la victoria en el punto de mira, y solo la muerte impediría que se marchase de allí sin conquistarla.

–Pero por un momento has parecido más tranquilo…

Idom meditó las palabras de su pupilo, y luego, tras haber encontrado una posible explicación, la compartió con él:

–Tal vez me haya relajado confirmar mi impresión de que las negociaciones van a ser imposibles, y hasta ahora, al albergar esperanzas, me resultaba muy difícil guardar la calma. Y ahora vayamos a que los heraldos hagan las presentaciones.

Junto al legado Tarasio acudía su mano derecha, el secretario de la cancillería imperial Teulorus. Se unía a ellos uno de los Custodios de la Palabra, un tal Diokrotes. Ambos eran de pequeña estatura, pero mientras este parecía un ratoncillo nervioso y mal alimentado que no dijo casi nada durante la reunión, el secretario sufría de sobrepeso y se comportó como un bocazas. Diokrotes llevaba la cabeza rapada, como todos los Custodios, pero las runas que adornaban el resto de su piel casi no eran visibles bajo las varias capas de ricas vestiduras que a pesar del calor vestía. Teulorus, como el legado Tarasio, portaba una coraza de cuero repujado, aunque él había tenido que dejar las correas muy sueltas, y las dos piezas quedaban separadas por más de un palmo de rollizas carnes.

Por parte de Mekania también eran tres los representantes. Estaba Saotos Makimites, que un par de años atrás había sido elegido por los artesanos de la villa como la persona de influencia que debía tratar con los filósofos del Consejo. Kundin, hijo de Kundok, un duergo barbígnea que había vivido durante más de cuatro décadas entre los mecanienses, acudía por parte de los mercaderes. Y de los once miembros del Consejo había sido Katraria Arkadïr a quien le tocó en suerte ser la cabeza visible de sus conciudadanos.

En el interior de la carpa levantada por los imperiales solo había un puñado de sillas sencillas y una mesa larga, nada más que un tablón colocado sobre algunos caballetes y cubierto por un lienzo blanco. Sobre la mesa aparecían fuentes y platillos con manjares diversos, un par de botellas de vino y una gran jarra de agua, pero nadie tocó nada de todo ello salvo el legado, que fue probando a lo largo de la reunión los diferentes alimentos.

En los extremos de la mesa se situaron los representantes de ambos bandos, mientras que Idom y Karz se sentaron justo en el centro de uno de los lados. Faran permaneció tras ellos, cabe la solapa que daba entrada a la tienda.

Con las presentaciones terminadas, y tomados los oportunos juramentos, el secretario imperial se apresuró a tomar la palabra:

–No sé si es cosa del Concilio de la Balanza, o son los nobles señores de Mekania los que nos toman por tontos, legado.

–¿A qué te refieres? –preguntó Tarasio con cierta afectación histriónica.

–Veréis… ¿Acaso no es ese que está ahí, el que ha de trabajar a favor de la concordia, traidor a la patria y enemigo declarado del Imperio de Braer?

–Así parece. ¿Cómo, entonces, podrá ese personaje lleno de odio conservar la ecuanimidad que se le supone a quien ocupa el cargo que su grupo de equilibristas le ha asignado? ¿Cómo llevará a buen puerto su misión en Mekania?

–Esa pantomima es del todo innecesaria –dijo al fin Idom, con la voz cargada de una airada paciencia–. Ambos sabéis bien que esas acusaciones son falsas. Si algo se me puede achacar es que intenté mejorar la sociedad imperial.

El legado no quitó de sus labios la sonrisa bobalicona que había adoptado, y como único gesto alargó el brazo para alcanzar una cesta que contenía pastelillos de manzana. Se echó uno de ellos a la boca, y dejó que su secretario continuara la discusión.

–Mejorar la sociedad… ¿Y para ello antepuso el bienestar de las fatas y los enanos al de sus propios vecinos?

Entonces Kundin e Idom respondieron casi al tiempo:

–Un respeto, señor –dijo el educado duergo, al verse llamado «enano».

–Los albos y duergos participan de la misma humanidad que nosotros, los fersos. Y el esclavismo es una práctica bárbara de tiempos antiguos –sentenció Idom, y fue a él a quien respondió el secretario, que ignoró por completo al hijo de Kundok.

–¿Esclavismo? ¿Es esclavo el caballo que acepta el bocado y las riendas? ¿O el ave del acetrero, que solo caza cuando se lo permite su dueño, y es obligada a portar la caperuza que oculta el mundo para ella? ¿Qué diferencia…

–¡Señor! –lo interrumpió Kundin–. Ni caballos ni aves, ni cualquier animal fuera de la humanidad es capaz de usar el don de la palabra y el raciocinio….

–También hablan los trasnos –insistió el secretario–, y no por ello los incluimos en nuestros cónclaves.

–No creo que un trasno hiciera buen papel como esclavo –bromeó Faran, aunque ninguno de los presentes, salvo Karz, pudo escucharlo. El joven braerio se preguntó cómo era posible que la más pequeña nimiedad enfureciera al muchacho hasta límites incivilizados, y en aquellos momentos se mostrara frío y calmado.

–¡Le diré otra diferencia! –bramó el duergo–. Las aves no saben forjar armas, ni los caballos están dotados de miembros capaces de manejarlas. Pero si sigue por ese camino este duergo, incluso después de lustros tras un mostrador, podría henderle el cráneo con…

–No se rebaje, maese Kundin –recomendó Katraria Arkadïr–. Sobre todo cuando es conocido que los braerios esclavizan también a los prisioneros de guerra, aunque sean fersos como ellos, e incluso a sus compatriotas, si los encuentran culpables de sedición.

–¡Bien! –dijo el secretario–. Pero sigo sin ver en este golpista a un árbitro para nuestra disputa. ¿Acaso pensaba mejorar la sociedad imperial, como ha dicho, por medio de la rebelión?

–Jamás hice tal cosa –defendióse Idom, pero lo hizo en voz tan baja que el secretario siguió con su perorata.

–Hace cerca de dos ciclos este señor que dice defender la libertad convenció a sus jóvenes y sugestionables alumnos para que tratasen de derrocar la administración que regía en la capital. Ahí está, sentado con tranquilidad, mientras los tribunales de Videços lo esperan para juzgarlo por su responsabilidad en la muerte de tantos durante aquellas revueltas.

–Pero, ¿de qué está hablando? –explotó Karz, que ya no aguantaba más a aquel necio y mentiroso–. No engañe a estos señores con sus cuentos. Fueron manifestaciones pacíficas, en las que se pedía libertad para elegir un plan de estudios acorde con los avances actuales de la ciencia, y no supeditado a la Iglesia de Antim. Aquellas muertes se produjeron cuando el gobierno trató de reprimir y silenciar nuestras quejas. ¡La guardia hubiera cargado contra los que estábamos en la plaza Sivania, de no ser por este hombre! Fue él quien consiguió algo de tiempo del capitán de la guardia, y quien con sus palabras logró apaciguar los ánimos de los atrincherados. Él acabó con las revueltas, y no los sables ni la sangre derramada sobre las calles de la capital.

–Ahí está –participó al fin Diokrotes, el Custodio–; ese es el espíritu rebelde que este Ateo no solo no acalló en sus clases, sino que convirtió en una herejía antisistema.

–Sí, ahí está –repitió el secretario–. Ahí está la ayuda que Idom ha decidido traer a Mekania. Por un lado ese barbarillo adoptado, que no es más que un burdo sustituto para el hijo que perdió. Y luego está Galerio, hijo de Erakio Karazenos, que trata de vendernos para su maestro esa imagen del héroe de la plaza Sivania, como si no hubiésemos escuchado ya esa patraña. Galerio Karazenos, llamado Karz, que abandonó a su familia después de cubrirlos de verecundia cuando, hace menos de un ciclo, fue sorprendido en su dormitorio del Colegio Mayor con otro…

–¡Sujeta ya a tu perro, Tarasio! –exclamó Idom, y fue la primera vez que Karz veía cómo dejaba escapar su furia.

–¡Huy! No traje la correa, ni el bozal –respondió el legado, mientras con sus dedos pringados de azúcar tomaba un par de uvas de una fuente con fruta que tenía a su alcance.

El Custodio y el secretario le rieron la gracia, mientras Karz notaba cómo el calor ascendía a sus mejillas. Si el joven se ruborizaba, no era por vergüenza del hecho en sí, pues a pesar de la educación recibida en el seno de su familia y del estigma social que aquello representaba en su cultura, jamás había pensado que el amor por otra persona pudiera ser causa de odio o persecución. Su bochorno se debía, en cambio, a que su intimidad se tratara de esa forma, y por boca de unos desconocidos. Su maestro nunca había indagado en el episodio que causó su expulsión de la universidad, y Karz ignoraba si alguna vez había llegado a saberlo, o siquiera cuál sería su opinión al respecto. Pero se preguntó si el grito que había interrumpido la acusación había sido para protegerlo, y en ese caso qué es lo que Idom creía que debía proteger.

Mientras elucubraba, la conversación no se había detenido. Makimites, el artesano, le pidió disculpas a Idom:

–Teníais razón, Honorable, al decir que esta reunión solo serviría para ganar tiempo. Yo diría más bien que lo hemos perdido, pero eso depende del punto de vista.

–¿Y qué pretendíais al venir aquí con un enano y una mujer? –se entrometió el secretario.

Arkadïr se puso en pie de golpe, lo que causó que su silla se viera volcada hacia atrás. La mujer apoyó las palmas de las manos sobre el tablón que actuaba de mesa, y miró enfurecida hacia el otro extremo de la carpa, donde los tres imperiales sonreían.

–¿Y qué pretendíais al aceptar reuniros con nosotros? –retrucó la consejera–. Si vuestra intención solo era insultarnos y zaherirnos con vuestras palabras, y arruinar así cualquier tipo de entendimiento, ¿por qué acudís al llamamiento del Concilio? Habéis venido a las puertas de nuestra ciudad con un gran ejército armado para la guerra, y eso ya dice mucho de vuestro ánimo combativo, que no se calmará hasta sentir la sangre derramada. Pero, ¡ay!, tal vez creáis que Mekania está indefensa, o ignoráis que una de vuestras legiones ya ha sido víctima del destino que merecen todos los que osan pisar, en pie de guerra, las tierras de las Ciudades Libres. Muy pronto los seguiréis, y no caeré yo sin que, con mi propia mano, dé muerte a muchos de entre vuestra tropa. Así, por ventura, sabréis cómo se las gasta una mujer alana.

–Inane amenaza –dijo el legado Tarasio–, si quien la escucha dispone de tropas innumerables de firmes creencias, y no teme gastarlas para lograr su objetivo. Si hemos venido aquí es para deciros una única cosa: rendición o muerte. Mekania puede quitar esas barricadas y permitir que mis soldados tomen sus calles, y yo mismo me sentaré en el salón del Consejo y proclamaré que es una de las ciudades imperiales y merece ser respetada. O puede llevar a cabo el fútil intento de defenderse. Entonces ni siquiera yo podría evitar que los soldados pasaran a cuchillo a la población, se apoderasen de sus tesoros y causaran la ruina de sus edificios. ¡Elegid! Disponéis hasta el mediodía de mañana para ofrecerme el veredicto de vuestra gente.

El legado se levantó entonces, seguido de sus dos adláteres, y los tres salieron de la tienda y marcharon en dirección al campamento braerio.

Cuando pasaron frente a Faran, el rostro del jovencito se endureció. En su mirada podría haberse congelado un efrït de las Tierras Salvajes.

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