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Como simples siluetas oscuras, los guardias se movían de un lado a otro entre las antorchas clavadas en el suelo. Hacían el cambio de guardia; el último antes de que Diktis quebrara con su brillo el horizonte. En el firmamento oriental las estrellas ya menguaban ante el acoso del alba.

–Y aquí seguimos –le espetó a Idom por enésima vez.

Karz sabía que estaba siendo impertinente, pero no podía evitarlo.

–Aquí seguimos, Galerio –replicó su maestro, y la calma que transmitían sus palabras no hizo más que aumentar la frustración que sentía el joven.

Llevaban tres días metidos en una de las celdas del campamento braerio. Los soldados las habían improvisado con materiales sobrantes de la empalizada que los protegía, y los delgados troncos de frutales arrancados en los huertos de Mekania se entrecruzaban con tablones procedentes de los saqueos perpetrados contra las haciendas cercanas.

–Esto no es para mí, maestro.

Karz nunca había estado en una prisión, y no poseía, por tanto, un término de comparación; sí sabía, empero, que aquella estancia en las jaulas estaba siendo una tortura. Los maderos, a pesar de cerrar también la parte superior de la celda, ofrecían poca protección contra los Soles del mediodía o el relente de la noche. La comida era escasa, si el guardia encargado de llevársela se acordaba de hacerlo, y por camastro les habían proporcionado un par de mantas raídas y con olor a oveja. Y mejor no hablar de sus otras necesidades…

–Solo tenemos que aguantar un poco más; no debe de quedar mucho. Recuerda que ayer los guardias se mostraban más tensos, y sigo creyendo que fue por la llegada de refuerzos aliados de Mekania. Estoy seguro de que los consejeros hacen lo que pueden para liberarnos a nosotros y a sus compatriotas.

Desde el interior de su jaula alcanzaban a ver otra, mucho mayor, donde se encontraban presos los mecanienses capturados durante aquel nulo intento de romper el cerco braerio. Engrosaban su número aquellos que habían rechazado resguardarse en la ciudad por no dejar sus granjas desamparadas, a quienes sin amparo habían encontrado las batidas de los días previos.

–Y también oímos el día anterior los clarines que anunciaban la llegada de la Quinta legión. Pero no me refiero solo a esto –dijo Karz, con los brazos abiertos en un intento de señalar la celda y su situación toda–. No creo que yo sirva para ser un conciliar.

Idom, que estaba sentado en una de las esquinas de la celda, alzó la cabeza y lo miró con sorpresa. Una reacción que su joven pupilo llevaba días deseando ver. Aunque no duró mucho, y cuando habló su maestro habíase ya calmado:

–Bueno, Galerio, esta primera experiencia tuya no creo que sirva como ejemplo de lo que en realidad supone pertenecer al Concilio de la Balanza…

–¿Acaso supone luchar por la libertad?

La mirada de Idom se mostraba ahora dolida, aunque imperaba aún la incomprensión.

–No hemos dejado de luchar por ella desde que alcanzamos la villa de los ingenios. Antes, incluso.

–Luchar, maestro, ¡luchar! No me refiero a reunirse con uno y otro bando, y tratar de llegar a un acuerdo que, a no mucho tardar, será invalidado por alguna circunstancia, o simplemente ignorado por el interés de unos pocos. Hablo de blandir una espada, y hundirla en el vientre del opresor y el injusto…

–Creo –dijo el maestro, con una actitud entre horrorizada y apocada– que no has entendido nada de lo que he intentado inculcaros. Yo… No sabría por donde empezar, y creo que poco puedo hacer ya…

–Sí, aunque no es mucho lo que has logrado hasta ahora.

Karz se arrepintió de haber sido tan cruel solo un instante después de que sus palabras salieran de sus labios.

El antiguo maestro se agarró a uno de los maderos de la empalizada y tiró con fuerza para ponerse en pie. Luego, como el luchador que después de realizar sus ejercicios y frotarse el cuerpo con aceites aromáticos avanza hacia el centro de la palestra, así Idom dio dos pasos en dirección a su antiguo pupilo.

–Es posible que no te parezca mucho, o incluso que no lo sea en absoluto. Y tal vez el destino de los mecanienses no varíe ni un ápice por mucho que me esfuerce, pero, ¡ay!, no dejaré por ello de hacerlo. Estuvieron preparados cuando la guerra vino a buscarlos, y si no hemos obtenido una mejor cosecha ha sido a causa de otros.

–Pero esos otros seguirían allí, para frustrar tus intenciones, si una espada blandida en la oscuridad no se hubiera interpuesto en el curso de sus vidas. En ocasiones, me sorprendo deseando ser quien la blandiera… ¿Qué he hecho, en cambio? Dejar pasar los arcos y los días mientras otros hablaban, permanecer en la ciudad cuando otros luchaban por sus vidas…

–¿Qué has hecho….? Pensaba que aprendías. Veo que me equivocaba de medio a medio.

Al decir esto la mirada de Idom ya se había enfriado de nuevo. Hasta hacía un momento había en sus ojos una pasión que estremecía a Karz, pero ahora parecía otra vez vencido. Aunque hablaba con esperanza, desde el momento en que los braerios los habían prendido no le quedó otra opción que ponerse en manos de otros.

El joven se sintió como ese hijo que tiene el primer atisbo de que sus progenitores son solo personas comunes, sin capacidades que los hagan superiores a la media. Idom solo era un hombre leído y con un buen corazón, pero la guerra le venía grande. El joven se preguntó, y no por primera vez, cómo había logrado que se firmara el Tratado de la Frontera Estrellada.

–Ya lo tengo hablado con Mezril…

–¿El discípulo del Abigeo? –preguntó Idom, ya de espaldas a Karz y en dirección a su rincón.

–Sí. He quedado con él en que si hay una nueva batalla, nos uniremos a alguna de las unidades ligeras.

–No tengo más que añadir, Galerio. Si prefieres arriesgar tu vida en el sinsentido que es ese caótico baile de espadas y lanzas que llaman guerra, yo no puedo detenerte. Solo espero no verme obligado a ocuparme de ti, si eres herido, o de tu cuerpo, si consiguen matarte; pero te prometo, de cualquier forma, que no dejaré de hacerlo, si se da tan terrible circunstancia.

Karz se preguntó si mostrar tan gélido trato era la manera que tenía su maestro de ser cruel, o solo un intento último de hacer que cambiara de idea. En cualquier caso, era sin duda una muestra de afecto, si bien un poco retorcida. Aún así, Karz decidió aprovechar la ocasión, y ciclos después, ante la tumba de Idom, aún se preguntaría si sus palabras habían sonado entonces tan infantiles como las recordaba:

–Una palabra tuya, maestro, y me olvidaré de espadas, lanzas y batallas.

–Si ya has tomado tu decisión, si no crees que sirvas para ser conciliar, no está en mi mano hacerte cambiar de idea. Por ventura, solo seas demasiado joven, y la experiencia te prepare para serlo.

El antiguo maestro parecía querer abandonar la conversación, pues se cubrió la cabeza con el brazo. Mas Karz estaba lanzado, y sabía que nunca tendría otra oportunidad para ser más o menos sincero con sus sentimientos.

–No hablo ahora de ser conciliar, Idom, sino de pasar una vida junto a la persona amada.

Karz había pensado en esa misma conversación muchas veces, y sabía que usar el nombre de su maestro, por primera vez en todo el tiempo que se conocían, le daría importancia.

El interpelado bajó el brazo despacio, y lo miró a los ojos. La luz de las antorchas iluminaba aún el rostro de ambos, a pesar de que la claridad grisácea del crepúsculo los cubría como una sábana.

–Pero yo no… –comenzó a decir Idom, aunque las sílabas salían de sus labios sin mucho concierto, y parecía un mal juglar que se viera obligado a contar la medida de sus versos con golpes de voz. Había sorpresa en sus ojos, pero no, como Karz había temido, repulsión o rechazo.

–¡Lo sé! –estalló el joven–. Y jamás me he atrevido siquiera a imaginar que poseería lo que otros obtienen de forma tan… natural. Pero podría seguir a tu lado, y disfrutar de la mutua compañía…

Un movimiento repentino e inesperado de un guardia lo hizo callar. Cuando miró hacia allí, por el rabillo del ojo vio cómo otro soldado caía al suelo. Otro más comenzó a correr en su dirección, pero tropezó y cayó también, y una sombra fue sobre él.

Karz pensó que por fin había llegado el ansiado momento en que viniera a su rescate el joven Faran, a quien todos tomaban por un ente sobrenatural al que llamaban Cazador Gris. Pero tuvo que reconocer que se equivocaba cuando cinco individuos, cubiertas sus cabezas con mantos y capuchas, se agruparon frente a la jaula donde se encontraban los mecanienses cautivos y los dejaron en libertad. Otros dos encapuchados acudieron a la celda que compartían Idom y Karz, y mientras uno forzaba el burdo cerrojo con una almádena de hierro, el otro susurró:

–En silencio ahora. Y rápido hacia la línea de árboles.

Ya avanzaba el joven hacia la puerta abierta cuando su maestro lo retuvo con una mano.

–¿Quién eres tú, que calzas botas urganas?

Su rescatador se retiró la capucha, e incluso Karz supo que allí sucedía algo extraño.

–El.lys Artran, duque de Urdin, a vuestro servicio –dijo el urgano, con una sonrisa en los labios–. El mismo que os hizo encerrar, viene ahora a rescataros.

–¿Por cuánto tiempo más creéis que vuestro doble juego va a funcionar, duque? ¿Aún seguís reconociendo a vuestros aliados, o sus caras se os confunden con las de quienes os quieren mal?

–Urgan no tiene aliados –respondió Artran, con cierta rabia en la voz–; y los míos no están aquí. Enmios el Exaltado piensa lanzar hoy mismo una ofensiva para tomar Mekania, antes de que reciban nueva ayuda de Antagis. Venid conmigo, y os llevaré junto a los miembros del Consejo de Mekania. Juntos, podremos pergeñar un plan de batalla que retenga lo suficiente a los imperiales como para que lleguen los batallones aliados.

–Os seguiré el juego, Artran. Al menos, por el momento. ¡Vamos!

Dentro del campamento braerio, las celdas ocupaban el punto más alejado de Mekania, pero todavía lejos del terreno elevado en que se situaba el cuadro de mando. Karz había pensado que lo más lógico hubiera sido situar las celdas en el centro del campamento. Cuando lo comentó con su maestro, este había supuesto que la orografía del terreno había obligado a los soldados a alargar la empalizada y seguir la línea de árboles que cubría las pequeñas colinas al norte de la ciudad.

Esa misma línea arbolada era el punto al que los condujeron los urganos, y a través del bosque, por una trocha que los condujo muy cerca del punto en que Idom y Karz habían sido apresados tres días atrás, alcanzaron la seca planicie que se extendía en la zona meridional de la villa de los ingenios.

Dos campamentos braerios habían protegido esa zona desde que los imperiales desplegaron sus tropas, pero según contaba Artran habían sido tomados la noche anterior por un pequeño contingente de mercenarios aliados. En el situado más al oeste, al parecer, tendría lugar la reunión en la que se forjaría la contraofensiva.

Karz no llegó a alcanzar tal campamento. Cuando se aproximaban, al ver tan cercana la cuesta que daba acceso a la ciudad, y consciente de que quienes la defendían lo reconocerían sin problemas a pesar de su aspecto desaliñado, tomó del brazo a Idom para retenerle, y dijo:

–Marcho a reunirme con Mezril.

Idom lo miró a los ojos por un breve espacio de tiempo. Luego se soltó de su antiguo alumno y trató de explicar su actitud anterior:

–Incluso si el recuerdo de mi esposa me permitiera… rehacer mi vida, como suele decirse, soy demasiado viejo. En unos ciclos te verías atado a un anciano, y jamás te obligaría a ello. Debes buscar a una persona con la que pasar tu vida, Galerio. Pero eso nada tiene que ver con ser o no ser miembro del Concilio, ni mucho menos con jugarte la vida en la batalla.

Karz bajó la cabeza y le dio un golpe con el pie a un montoncito de arena. Luego miró en dirección a la ciudad y al campamento braerio, y por último al rostro de Idom. Musitó una despedida, aunque no llegó el sonido a salir de sus labios, y marchó hacia la cuesta de acceso a Mekania.

A su espalda, su viejo maestro sí encontró las palabras. Unas palabras que primero fueron un susurro amistoso, luego la voz de un sueño y por último una exclamación jubilosa:

–Dos jóvenes, inexpertos luchadores, en pie de guerra por la libertad de un pueblo que no es el suyo… Me sentiría honrado de participar en hazañas de menor envergadura que esa, si mis votos me lo permitieran. ¡Suerte, Galerio Karazenos!