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Fco. V. Salvador

Página de autor y tumblelog ocasional

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Extractos

Sonata de Mekania: la visión de Idom (cuarta parte)

A los pies del promontorio sobre el que se alzaba la ciudad de los artistas, solo unas varas un poco más allá de la rampa de tierra apisonada que constituía su único acceso, los imperiales habían levantado la carpa donde tendrían lugar las negociaciones. Se trataba de un enorme pabellón de lona roja, con el emblema de Antim, la corona imperial y los símbolos del ejército legionario repartidos en una cenefa que colgaba de su parte alta. Idom se lamentó por ello:

–Si solo nos hubieran dejado tomar más fuerza en Antagis…

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Sonata de Mekania: la visión de Idom (tercera parte)

Karz echó una manta sobre el joven Faran y, tras retirar de sus manos el volumen que había estado leyendo, apagó el candil de un soplido. De camino a la mesa, el braerio leyó en silencio el título que aparecía en la anteportada de aquella encuadernación sin cubiertas: Reliquias arcanas y maravillas sacras de Aorista, con una descripción pormenorizada de las leyendas que en la Antigüedad se asociaba a estos objetos, acompañadas de ilustraciones a cargo del autor. La lengua oretana seguía pareciéndole demasiado artificiosa, aunque empezaba a acostumbrarse a las resonancias de las largas palabras.

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Sonata de Mekania: la visión de Idom (segunda parte)

–Vamos, Galerio, no te retrases. Quiero llegar lo antes posible a la hostería. Tal vez podamos adelantar nuestra partida a esta misma tarde.

Karz rezaba para que no fuera así. El deseo de conocer Antagis se había atemperado después de residir por dos días en la ciudad de los artistas, de los ingenios y las luces.

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Sonata de Mekania: la visión de Idom (primera parte)

Karz estampó el pomo de su arma justo en el centro de aquel rostro redondo y amarillento, cuya nariz chata empezó a sangrar de inmediato. La pequeña criatura se tambaleó hacia atrás, y a duras penas fue el peso de su cuerpo sostenido por sus escuálidas piernas.

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No cabía duda alguna de que Vilem era un hijo de reyes en el exilio, y a la nobleza de su sangre se unía el fatídico destino de un pueblo perdido tal vez para siempre. (…) poseía una mirada sincera, y sus acciones casi siempre eran mesuradas; no solía aventurarse ni lanzarse a la acción de forma despreocupada, pero si lo hacía no se apartaba de su camino hasta alcanzar sus últimas consecuencias.

Sonata de Mekania, novela en construcción

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