La pasada semana mi amigo Juan me asaltó a la hora del café de la tarde con otra de sus dudas existenciales.
–Oye, pero eso de Lander –me dijo, como si un libro fuera un eso extraño–, no pretenderás que se lo lean los niños, ¿verdad?
«Ni las niñas», pensé para mí, aunque no me molesté en decírselo. Tampoco expresé en voz alta que la fantasía no está en sí misma dedicada a un público infantil; ni siquiera juvenil, según el caso. En su lugar, y como ya sabía a qué se refería, me interesé por cuánto había avanzado en su lectura.
–He acabado el cuarto relato –respondió, y confirmó así mis sospechas.

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